En junio de 2007, Vince McMahon, el magnate de la mayor empresa de lucha libre profesional del mundo (WWE), salió abucheado del estadio donde se celebraba una de sus veladas. Lo hacía encarnando a Mr. McMahon, un personaje ultrapopular que representa a un millonario bocazas y monomaníaco que incendia con discursos al público, insulta a los luchadores y hasta humilla públicamente a sus propios hijos. Decepcionado por los silbidos, McMahon caminó hasta el parking y se subió a su mastodóntica limusina de color blanco. Dos segundos después, el vehículo voló por los aires.
Por supuesto había una cámara para grabarlo todo. Los millones de telespectadores enganchados al programa contemplaron la explosión con estupor. Uno de ellos era Donald Trump quien, como él mismo ha reconocido, llamó conmocionado a la familia McMahon para preguntar qué había sucedido. «Este acontecimiento televisivo reveló cómo el propio Trump, que era un gran conocedor de la teatralidad del negocio, podía incluso dejarse atrapar por la magia narrativa del wrestling», explica JP Zarka, director de ProWrestlingStories, una web de noticias de lucha libre muy popular en Estados Unidos.
Por supuesto, McMahon no había muerto. El atentado era un mero montaje ideado para dar carnaza a la audiencia. No importaba que las acciones de la compañía cayeran y que los anunciantes se mostraran confundidos ante el atentado inventado. Todo valía la pena si el mundo entero hablaba de él. Cuando llegó el momento oportuno, McMahon resucitó.
Todo este alarde de autopromoción fascinó a Trump, quien desde niño ha sido un enamorado de la lucha libre profesional, confirma Zarka. El pequeño Donald acompañaba a su padre, con intereses en la industria, a ver combates en directo. Así que para el actual presidente de EEUU, Vince McMahon no sólo es un empresario de éxito: es un genio en el manejo del relato en la era contemporánea.
«Trump es un showman que durante mucho tiempo ha sido fan de la teatralidad y la grandilocuencia del wrestling», dice el periodista John Hendrickson, que, en 2023, publicó un reportaje en la revista The Atlantic sobre cómo la lucha libre explica la historia reciente de Estados Unidos. «Incluso es miembro del Salón de la Fama de la WWE. Creo que las similitudes entre su retórica y la de muchos luchadores son innegables».
En estos tiempos de política espectáculo y mentira institucionalizada, en la era de la netflixización de lo público, la tiranía del relato y la apelación a los más bajos instintos, la escenificación del discurso electoral y la polarización salvaje que todo lo divide entre héroes y villanos, la filosofía del Pressing Catch -término con el que desembarcó el wrestling americano en España- se ha convertido en la anabolizada inspiración del líder más grotesco de la historia reciente. «La desmesura se ha convertido en una norma y lo burlesco en un nuevo estilo político», anticipaba en 2020 el ensayista francés Christian Salmon en su ensayo La tiranía de los bufones. La última patada voladora de Trump al tablero global le ha dado la razón.
La influencia de la lucha libre en el nuevo inquilino de la Casa Blanca comenzó en 1988, cuando acogió en su casino de Atlantic City un espectáculo de la WWE (entonces WWF). Desde entonces, Trump ha sido un asiduo y hasta colaborador directo de sus eventos. Tanto le gustaban que incluso llegó a participar, en 2007, en el Combate de los multimillonarios, un duelo entre McMahon y él que se disputó a través de luchadores interpuestos. El premio era fabuloso: el ganador le afeitaba la cabeza al derrotado delante de todo el mundo.
Donald Trump, conocido por su devoción por su tupé color huevo hilado, fue el vencedor. El sainete en el que el empresario inmobiliario rasuraba el cráneo de McMahon fue visto en vivo por 80.000 espectadores y en televisión logró en su momento el récord de ventas de pay per view: generaron unos beneficios para la WWE de más de 20 millones de euros.
En cierta forma, ahí comenzó el trumpismo. O, al menos, esto defiende Abraham Josephine Riesman en Ringmaster, su biografía superventas sobre Vince McMahon. La tesis del libro, firmado por una periodista transexual educada en Harvard y megafan de la lucha libre, es que existe un extraordinario vínculo de este tipo de entretenimiento con la cultura popular... y con la política. Y también explica cómo la ideología neokayfabe diseñada por McMahon se ha trasladado del cuadrilatero al ejercicio del poder al más alto nivel.
Desde los orígenes de este espectáculo, en ferias ambulantes y circos, había una norma irrenunciable: el espectador, como sucede en el teatro, debía autoconvencerse de que lo que veía era real. Por eso el misterio era imprescindible. La exigencia de mantener un personaje obligaba al luchador a no confraternizar en público con sus compañeros, que después eran sus rivales en las peleas. Nadie podía desvelar el truco. Tan importante era que hace 30 años el presentador de la cadena ABC John Stossel le preguntó al luchador David Schultz, conocido como Doctor D, si lo que hacía era una farsa y recibió un buen tortazo por esa sugerencia.
Sin embargo, McMahon dio la vuelta a esta percepción (conocida en su origen como kayfabe) al inventar en 1989 el neologismo neokayfabe y vender ante el Administración que lo que ofrecía sólo era un «entretenimiento». Su objetivo no era moral, sino evitar las regulaciones que se aplicaban a las competiciones atléticas legítimas y manejar su negocio sin la intromisión de una federación deportiva.
De repente, quedaba claro que lo que se ve en el escenario es puro teatro, todos los espectadores lo saben, pero se condimentaba con dosis de realidad. McMahon creó un mundo en el que a los personajes que lo habitan se les permite decir y hacer cosas salvajes, muchas intolerables en otro contexto, que van desde el insulto hasta el sexismo sin escrúpulos y la promoción de la violencia. Y el espectador acepta entrar en ese ring de telerrealidad.
Se trata de la misma estrategia de comunicación que ha adoptado Donald Trump desde que se lanzó por primera vez a la presidencia en 2016. Él es el Hulk Hogan de la política. Como el más popular exponente del wrestling americano, es un personaje que vende patriotismo, esgrime una oratoria agresiva y disfruta de un talento innato para explotar los bajos deseos del público. Es tan querido como detestado e, incluso, luce el mismo tinte rubio, aunque Hogan esconde su calva desde hace décadas con un pañuelo.
«Los elementos teatrales de la lucha libre profesional, como crear narrativas convincentes, explotar la tensión dramática y atraer a la gente emocionalmente, se han vuelto cada vez más frecuentes en el discurso político moderno», confirma JP Zarka. «Esta influencia se manifiesta en la elaboración de personajes públicos, el uso de eslóganes que todo el mundo reconoce y la creación de arcos narrativos claros que resuenen en la audiencia. La capacidad de manejar a una multitud y controlar sus reacciones son habilidades perfeccionadas en la lucha libre profesional que han demostrado ser valiosas para este político».
No vamos a pedir al lector que visualice a un Trump con mallas apretadas y un torso curvilíneo, ni siquiera escondido bajo una máscara al estilo de Rey Mysterio. Pero sí resulta interesante plantear el ejercicio de imaginar cómo Vince McMahon habría promocionado al candidato que siempre ha apoyado antes de un debate presidencial o de la próxima reunión de la OTAN. Sería algo así:
«Con 1,92 de estatura y 107 kilos de peso, dotado con una lengua venenosa y un arsenal atómico, el hombre que va a hacer América grande otra vez. Alguien que en su carrera derrotó uno a uno a todos sus rivales republicanos. Que en 2016 le hizo la llave del sueño a Robot Hillary Clinton quedándose con el título de Campeón. Y que, en 2024, acabó por KO con Kamala Mentirosa Harris. Su única derrota fue en un reñido combate ante Joe Somnoliento Biden en el que muchos de sus fans más enloquecidos consideran El robo del siglo… ¡Con todos ustedes, Doooooooonald… Truuuuuump!!!
Y lo más probable, según la pauta habitual de McMahon, es que sin venir a cuento, Trump le golpeara con una silla de acero llamándole «perdedor» y gritando un «que te jodan, Biden» ante una audiencia enfervorecida.
Pero, ¿por qué funciona tan bien esta estrategia simplona en el cerebro político de la gente? Según Hendrikson, la lucha produce «una sobrecarga emocional que es casi imposible de capturar» con una simple descripción y que fascina a todo tipo de público, sobre todo el más joven. O la amas o la odias. Así de sencillo.
El secreto de su éxito es que no importa que se sepa que todo es una farsa, porque en la era del neokayfabe impulsada por McMahon siempre hay también un poco de verdad. Los luchadores, aunque sean superatletas bien entrenados, se exponen mucho: pueden lesionarse de gravedad haciendo saltos o estampándose contra una jaula. Incluso en alguna ocasión alguien ha muerto en un accidente con una pirueta o sufrido lesiones irreversibles. Estos hombres y mujeres viven de media menos que las personas de su edad, aunque todavía no está demostrado científicamente si es por el consumo de esteroides o por los traumatismos que sufren.
Además de estar cachas y poseer una envidiable coordinación, estrellas como Hulk Hogan, John Cena o el Enterrador tienen que ser notables actores, disponer de una oratoria convincente y facilidad para la improvisación. Alguien capaz de interpretar tramas narrativas que duran meses y son alimentadas por guionistas con amenazas a sus rivales, apariciones por sorpresa en otros combates y hasta infidelidades ficticias con las novias de otros luchadores. En definitiva, el Pressing Catch es una combinación de gimnasia olímpica, ópera bufa y el culebrón Sueños de libertad.
Y la política cada vez se parece más a esto. «El mejor ejemplo de ello ha sido la última campaña presidencial en EEUU, con la adopción en los mítines de los elementos del espectáculo de la lucha libre como las entradas dramáticas de los oradores y la participación del público», apunta JP Zarka.
Este fenómeno se produce porque la lucha libre es tan visceral como fascinante. Incluso alguien que la despreciaba en su juventud, como el polémico intelectual Jordan B. Peterson, la considera hoy la mejor metáfora para explicar «lo que es el bien y el mal». Ese algo tan seductor que definió Andy Warhol, tras presenciar una velada de mamporros en 1985 en el Madison Square Garden de Nueva York, de la siguiente manera: «Es lo mejor que he visto en mi vida».
La simplificación de arquetipos es lo que hace que llegue a tanto público, tanto en EEUU como en el resto del mundo. «En un combate de wrestling están el bueno, que en el argot se le llama baby face, y el villano, conocido como heel. Como sucede en la política actual, lo que destaca es la falta de grises».
"Su influencia se manifiesta en la elaboración de personajes públicos, el uso de eslóganes fáciles y la creación de arcos narrativos claros que resuenen en la audiencia"
Estas palabras son de Fernando Costilla, la voz junto al ya fallecido Héctor del Mar de la introducción del Pressing Catch en la televisión en España de principios de los 90. Unas retransmisiones divertidas que hoy recuerdan con cariño los cuarentones porque marcaron su adolescencia y mostraron lo que era El baile de San Vito de El Último Guerrero, el poco de amor por la industria textil de Hulk Hogan y, entre otros, los sobacos marciales de los Sacamantecas.
«En estas historias los villanos son más importantes que los buenos, porque se les exige un enorme carisma ya que de ellos depende el show y eso lo sabe Trump», añade Costilla. «Por eso casi todos los faces en algún momento de su carrera se pasan al lado oscuro».
Este cambio de roles tan peculiar funciona porque resulta tremendamente adictivo. En España se vio claramente en la primera etapa del Pressing Catch televisado con el personaje del Sargento Slaughter. Este luchador era un patriota americano, respetuoso con el espíritu castrense y tan querido que tenía hasta un muñeco G.I.Joe. Hasta que un día McMahon lo convirtió en un villano al que había que odiar. ¿Cómo lo representó? Portando una bandera de Irak y lanzando loas a Sadam Husein en plena Guerra del Golfo.
¿Y en política? La semana pasada vimos a Donald Trump visitando las zonas devastadas por los incendios de Los Ángeles siendo cortés con el Gobernador de California, representante del estado más antitrumpista y prometiendo ayuda. No importaba que días antes le hubiera llamado «escoria» e «incompetente». En el show el espectador acepta las contradicciones sin ningún problema.
En Pressing Catch ser villano mola, da caché. En política pasa lo mismo, como sostiene Mauro Entrialgo, escritor y humorista gráfico que ha acuñado el término malismo para definir el mecanismo propagandístico que consiste en la ostentación pública de acciones o deseos tradicionalmente reprobables y que plasma en su libro Malismo (Ed. Capitán Swing). Trump lo ha reconocido ya en varias ocasiones: lo importante es ganar, no los odios que despiertes.
Hoy el gran inventor de este estilo está retirado. Vince McMahon, de 79 años, dimitió de la gestión de su conglomerado empresarial hace un par de años y en 2024 tuvo que renunciar incluso a su cargo honorífico. No fue por voluntad propia: un nuevo escándalo -en su carrera ha lidiado con pleitos que van desde la distribución de esteroides hasta el encubrimiento y el acoso- en el que ha sido acusado de violación y tráfico sexual lo tiene contra las cuerdas. Sin embargo, según se muestra en el documental de Netflix sobre su figura, titulado Mr McMahon, no parece dispuesto a dejar de mandar en la sombra sobre el multimillonario negocio que él construyó. Además, según los periodistas que cubren la Casa Blanca, sigue teniendo hilo directo con el presidente. Una prueba de su influencia es la elección de su mujer, Linda McMahon, también jefaza durante muchos años de la WWE, para llevar la cartera de Educación en la nueva Administración Trump.
Nunca en política ha habido un personaje que beba tan claro de la lucha libre: de su lenguaje, de sus trucos y de su puesta en escena. Trump es imbatible, pero no es ni mucho menos el primero. «Abraham Lincoln fue un formidable luchador en su juventud, con una estatura de 1,90 metros y un peso de unos 80 kilos», cuenta el experto en historia del wrestling JP Zarka. «Su combate más famoso tuvo lugar en 1831 contra Jack Armstrong, el líder de los Clary's Grove Boys, que era una banda que agredía a los emigrantes recién llegados. En el combate, Lincoln ejecutó lo que se considera uno de los primeros casos registrados de una maniobra similar a un estrangulamiento».
Su popularidad como wrestler ayudó al seguramente más prestigiado presidente que ha tenido este país a iniciar su carrera política. Curiosamente, Trump juró el cargo sobre la biblia de Lincoln.
Mucho más reciente es el caso de Jesse Ventura, de 73 años, quien fue un famoso villano del wrestling antes de convertirse en gobernador de Minnesota. O Dwayne La Roca Johnson, la leyenda del negocio a principios de siglo quien es en la actualidad el héroe de acción más popular de Hollywood, desveló en un podcast haber sido tanteado en 2022 por «varios partidos políticos» para presentarse a las elecciones. Según una encuesta, el 46% de los estadounidenses apoyaría su campaña.
Y qué decir de Hulk Hogan, inasequible desaliento a sus 71 años. Este luchador fue un invitado de honor en la Convención Republicana del pasado verano, en la que, como era preceptivo, se rasgó la camiseta inflamando sus bíceps y arqueando las cejas con un mensaje de apoyo a la nominación de Trump y Vance.
Esta madrugada Netflix emitirá en directo The Royal Rumble, uno de los espectáculos más cotizados de la WWE, un combate en el que 30 luchadores entrarán en el ring de forma escalonada para pelear todos contra todos. Sólo puede quedar uno en pie. Quien sabe si sudando en la lona o agarrado a las cuerdas yacerá el próximo presidente de EEUU.