Sensación térmica de más de 60 grados: por qué en las favelas de Río hace más calor
Las periferias brasileñas pueden registrar temperaturas hasta 8 °C más altas que en barrios vecinos. El cambio climático agrava las desigualdades y afecta intensamente a los afrodescendientes

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Soraia Claudino, una mujer de 58 años que se dedica a vender comida casera, ha vivido en el Parque Rubens Vaz desde que tenía dos años, cuando su hogar aún era un palafito. Hoy, su favela, situada en la zona norte de Río de Janeiro, ha cambiado: las casas de cemento tienen azulejos en las fachadas. Aunque modestas, muchas tienen dos o tres pisos, que bloquean la ventilación y hacen que el calor se sienta más intenso, especialmente en días como los que se han vivido este mes de marzo, en el que se han batido récords de calor en la capital carioca.
A mediados de mes, la ciudad de Río de Janeiro registró 44 °C, la temperatura más alta en una década, según el Sistema de Alerta de Río. En el Complexo da Maré, el conjunto de 15 favelas donde vive Claudino, el calor fue aún más intenso, con una sensación térmica de 60 °C, como registró el termómetro de Redes da Maré, una organización comunitaria local que trabaja por la inclusión social y la mejora de la calidad de vida en ese barrio. “Este calor excesivo no es sólo el verano de Río, sino un reflejo de la crisis climática”, afirma Everton Pereira, residente del Complexo y coordinador del eje de derechos urbanos y socioambientales de la organización.
Para Claudino, una mujer negra, extrovertida y resiliente que recorre las calles de su comunidad para vender sándwiches y pasteles caseros en verano y sopa de maíz y caldo verde en invierno, las altas temperaturas implican un cambio en sus rutinas. “En los días de calor extremo, salgo después de las 16:00 horas para vender, cuando el aire está un poco más fresco”, asegura. A mediados de marzo, la mujer notó en su favela los efectos que esa sensación de 60 grados centígrados tuvo en la salud de la gente: “Había vecinos con muchas alergias, personas con la presión arterial alterada, sin olvidar que muchas veces tenemos la sensación de que no circula aire en la comunidad”, afirma.
Esto no es solo una percepción. Según la Secretaría Municipal de Salud, más de 3.000 personas necesitaron atención médica por deshidratación, insolación y otros problemas de salud por la alerta de calor. La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que las altas temperaturas pueden empeorar enfermedades cardiovasculares, respiratorias y de salud mental, e incluso pueden resultar mortales.

Que en las favelas como en la que vive Soraia haga más calor no es casualidad. La comunidad está ubicada entre las tres principales autopistas de la capital, rodeada de asfalto y hormigón, y expuesta a mayor contaminación y a mayores temperaturas que áreas vecinas, en un fenómeno climático conocido como “islas de calor”. En febrero, el barrio Galeão del Aeropuerto Internacional de Río de Janeiro, al lado del Complexo da Maré, ha marcado 4 grados menos que la comunidad, según una investigación que recolectó datos sobre la calidad del aire y la temperatura de la favela.
Casos como este reflejan una realidad: la población afrodescendiente y que vive en favelas y zonas marginadas de Brasil, que es la que tradicionalmente más padece de la desigualdad histórica, pobreza y ausencia de servicios públicos como saneamiento básico, salud y educación, es también la que más sufre los efectos de los cambios ambientales.
¿Por qué hace más calor en la favela?
En el Complexo da Maré viven 140.000 personas en una área de menos de 4 kilómetros cuadrados. Más del 62% se define como afrodescendiente, según el Censo Maré. Además de la alta densidad demográfica, la estructura de las viviendas en las favelas también contribuye a la retención del calor, según un estudio de 2022 de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz). Suelen ser construcciones con mala ventilación y materiales como tejas de zinc y paredes delgadas de mampostería sin aislamiento térmico. “La falta de planificación urbana y las desigualdades socioeconómicas hacen que las favelas sean más susceptibles a las consecuencias del cambio climático”, reconoce Everton Pereira.
En Brasil, alrededor del 8,1% de la población vive en favelas. Son más de 16 millones de personas, según el censo nacional. La mayoría de los residentes se identifican como afrodescendientes (negros y mestizos). Las temperaturas de estos barrios son hasta 8 grados centígrados más altas que las de los barrios vecinos, según una investigación de la Universidad Presbiteriana Mackenzie hecha en Paraisópolis, la favela más grande de São Paulo.

Las zonas afluentes tienen más áreas verdes y mejor planificación urbana. Además, sus residentes tienden a tener más recursos para comprar aire acondicionado y pueden pagar costos de electricidad más altos, lo que refleja una desigualdad térmica, uno de los aspectos de lo que se conoce como racismo ambiental.
La geógrafa Gabriela Conc, cofundadora de la ONG Voz das Comunidades y líder en iniciativas de sostenibilidad y justicia social, explica que el racismo climático ocurre cuando comunidades ya desfavorecidas, privadas de derechos básicos como saneamiento, infraestructura y acceso equitativo, se ven aún más afectadas por el cambio climático y los desastres ambientales. “El racismo ambiental no es solo una cuestión ecológica, sino también social y racial”, subraya.
Las favelas también suelen ser más vulnerables a desastres ambientales como deslizamientos de tierra e inundaciones, eventos que pueden hacer perder todo a las familias de la noche a la mañana, además de a problemas estructurales, como cortes de agua. “Esta vulnerabilidad no es una coincidencia, sino el reflejo de una estructura que prioriza las inversiones en barrios privilegiados, dejando desprotegida la periferia”, afirma la activista climática Amanda Costa, que vive en Brasilândia, en lanzona norte de São Paulo, y ha participado en cinco Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP).
Costa fundó el Instituto Perifa Sustentável, que ofrece formación a los jóvenes para debatir y exigir soluciones ante la crisis climática. Uno de los proyectos de la organización, Voces del Clima, presionó a los candidatos en las elecciones municipales de 2024 para que asuman compromisos reales con las comunidades en las favelas.
“La crisis climática tiene color”
“La justicia climática es reconocer que la crisis climática tiene color, clase, género y territorio”, afirma Naira Santa Rita, coordinadora de Justicia Climática y Amazonia de Oxfam Brasil y fundadora del Instituto DuClima. Esta mujer de 27 años se convirtió hace tres en desplazada climática cuando tuvo que abandonar su ciudad, Petrópolis, en el Estado de Río de Janeiro, por las devastadoras inundaciones que dejaron más de 150 muertos y a más de 4.000 personas sin hogar. Durante el desastre, Santa Rita vivía en una zona que, según se supo después, tenía vulnerabilidades estructurales que no habían sido históricamente atendidas por las autoridades. “La tragedia reveló lo que significa la crisis climática en la vida real: pérdidas humanas, rupturas territoriales, duelo colectivo y falta de respuestas del Estado”, dice.

Para ella, las políticas públicas de urbanización en Brasil no consideran a las favelas porque el Estado todavía las ve como un “problema”, y no como parte de la ciudad. “Cuando el Estado no urbaniza, niega la ciudadanía”, apunta. Y esa negación, agrega, está profundamente racializada, ya que las favelas son “territorios de resistencia negra y periférica”.
Esa resistencia está también en el frente climático. Soraia Claudiano lo sabe bien. En el tejado de su casa, en el Complexo da Maré, tiene un prototipo de tejado verde, una cubierta vegetal que ayuda a reducir el calor y la contaminación, y filtra el aire que le instaló la organización comunitaria Redes da Maré con el Proyecto EcoClima, en conjunto con Petrobras. Según la organización, este sistema hace que la temperatura en el interior de la casa sea 10 grados menos que cuando tenía un tejado de zinc. “Aporta frescura”, reconoce. “Si tuviéramos más árboles en la comunidad, ayudaría aún más”.
El tejado verde trae alivio, pero su instalación, que ronda los 15.000 reales (más de 2.600 dólares) para un techo de 25 metros cuadrados, resulta inalcanzable para la mayoría de los residentes de la favela, que tienen bajos ingresos. Para una persona que gana un salario mínimo, esto equivaldría a más de 10 meses de sueldo. Por eso, aunque el proyecto de Redes da Maré demuestra que las soluciones locales pueden ofrecer salidas inmediatas, la verdadera transformación depende de un compromiso más amplio por parte de las autoridades públicas.
Por eso, Naira Santa Rita defiende la implementación de medidas de adaptación climática para reducir el calor en las favelas, como aumentar la cobertura vegetal, usar materiales de construcción que ayuden a reducir las temperaturas, ofrecer acceso a agua potable y saneamiento básico, y crear espacios de respiración térmica como plazas, jardines y huertos urbanos.
“La adaptación climática es un derecho colectivo, no un privilegio individual”, defiende. Para ella, el Estado tiene la responsabilidad de garantizar la justicia climática y asumir los costos de reparación, mitigación y adaptación. “Debe garantizar los derechos, la equidad y la dignidad en un mundo en emergencia, porque la crisis climática es, ante todo, una crisis de derechos humanos.”
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